martes, junio 28, 2011

¡¡Ojalá!!

¿Será nuestro 68?

En marzo de 1968, Pierre Viansson-Porté sostuvo en un artículo en "Le Monde" que "la Francia se aburre". Afirmaba que la indiferencia y la melancolía parecían haber mellado las fuerzas creativas, y que ni el gobierno ni la oposición ofrecían una alternativa creíble. Concluía que existe un límite, y que "un país puede también perecer de aburrimiento". Semanas después comenzó el famoso mayo de 1968, cuando estudiantes y, más adelante, gremios y muchos otros se arrojaron a una rebelión que paralizó a Francia. Parecía que caerían De Gaulle y la Quinta República. Pero el gobierno se recuperó y la derecha avanzó más en las elecciones que siguieron, aunque el gran estadista estaba moribundo en política. Viansson-Porté ¿se equivocó o fue profético? Más bien parece lo segundo, ya que existe una vinculación invisible pero no menos real entre el hastío y la crisis.

La pregunta salta a la vista: ¿Es lo que está pasando en Chile a raíz de las últimas movilizaciones?

Se han expresado opiniones de que, por estar con un ingreso de 15 mil dólares, los chilenos estarían exigiendo una calidad de vida que ha reemplazado a las demandas por "pan, techo y abrigo", ya satisfechas en lo básico.

Existe otra interpretación: sería la explosión de sectores marginales y postergados, lo que revelaría la falsedad esencial del "modelo chileno" y la continuidad de una historia no desenmascarada desde la llegada de los españoles en adelante. Ante una tesis tan radical, habrá que recordar que la sociedad humana siempre estará llena de demandas, y no puede ser de otra manera, desde Adán y Eva hasta la consumación de los tiempos. Lo que sucede es que la política moderna ha hecho de ellas y de su factibilidad el centro de su atención.

El paso de pedir el pan nuestro de cada día a exigir más calidad sólo apunta a una parte del panorama, aquella del salto espectacular a un mayor desarrollo desde la segunda mitad de los años 80. Recordemos que Chile todavía se encuentra en esa parte de la evolución de algunas sociedades modernas, entre el subdesarrollo y el desarrollo, conceptos útiles, aunque no lo dicen todo. Son los momentos de entusiasmo vertiginoso, pero también producen amargas frustraciones. Son los momentos propensos tanto a la consolidación política como a la efervescencia revolucionaria; esas etapas de cambio acelerado en que también las antiguas formas institucionales pierden legitimidad. En Chile el "desarrollo frustrado" creó una extensa conciencia de crisis en nuestro siglo XX, desde el albor de la "cuestión social", hacia 1900, hasta mediados de los 80. Desde entonces el país encontró un camino de convergencia interna y adaptación mundial, y parece hallarse en esa etapa promisoria y a la vez preñada de arenas movedizas.

Éstas son de dos órdenes. Uno son los desajustes como la inequitativa distribución del ingreso, que suceden en casi todos los casos de desarrollo acelerado. La otra cara es que nada nos libra del "malestar de la cultura", es decir, los desasosiegos y frenesíes de la civilización moderna, que muchas veces poco tienen que ver con desarrollo o subdesarrollo, y que se arriman igualmente a nuestra vida cotidiana sin una regularidad identificada por ningún especialista habido y por haber.

Nuestro aburrimiento nos puede asolar, y las protestas, sin ser una meta creativa en sí mismas, cumplen su función. Quizás por ello nuestra situación tiene tanto de demandas clásicas ("¡Más!") como del relajo tipo 68, que rompe normas y precedentes, e incluso los cauces (partidos, organizaciones, estilos). Paradoja en una época de paz, es, asimismo, un llamado de alerta hacia la crisis larvada de la política.

Artículo de Joaquín Fermandois en EMOL.COM

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